LA BANDERA DEL INSOMNIO
Noche, entra la rabia, se queda. Cierras los dientes, aprietas los ojos. La frustración apesta. No
respiras. Por el alma se te proyectan confusas y veloces imágenes de gente. Compran, suben,
bajan, ríen, empujan, leen la Razón, El País... Miran una caja tonta mientras mastican bolsas
por las escaleras mecánicas de Primark. Una tras otra, una tras otra, sin descanso. Rápido. Ves
sonar un despertador, se visten, corren, no te salen las cuentas, más imágenes se entrelazan,
un muerto, dos muertos, tres armas con cincuenta, millones, les cuadra la caja. Mañana, ayer,
una tras otra, no me acuerdo, una tras otra.
Sigues apretando, más fuerte, la imagen se ralentiza, humanos nos llaman. Y lo ves, lo oyes,
voces inocentes, miles de voces que claman justicia, todas juntas, a la vez. No ves ninguna
bandera, no hay eslogan ni titular, sólo son voces. Tanto. Quieres verlas, pero te ciega el
enorme cartel de coca-cola, sed, cansancio, un presentador con traje dice miedo, dice
egoísmo, vomita lo falso de lo verdadero, bla bla bla, demagogia.
Alguien ficha, otro se ahoga. Tus ojos siguen cerrados, aturdidos, se suben las manos a la
cabeza, te sacudes. Algo te paraliza, ya te acuerdas, las imágenes ahora están congeladas. Son
sonrisas, niños que juegan, puras, hombres inocentes, madres con la teta fuera, sol, vidas
dando vida. Son vidas, nuestras vidas. Aflojas, pestañeas.
Todo vuelve para atrás, te ves a ti mismo, sacando dinero, del banco, de ese puto banco, vas a
comprar, estas dentro, estas fuera, no, estas dentro. Saborea, sube el volumen, trata de evadir
recordando momentos felices, entra el humo, me recuesto, pero no les olvido.
No desconectes. Nos necesitan. Nos necesitamos. ¿Quiénes? ¿Quiénes somos? Somos lo que
hayan hecho de nosotros. Dicen. Y queremos paz. Ya la quería mi abuela.
Silencio, oscuro, luz, el pitido constante desaparece. Se acerca de lejos, ya está, es sólo el
sonido de mi sangre y me doy cuenta de que he bajado los brazos. No nos olvidemos. Necesito
querer ser humana. Me recuesto aún más. Necesito ver y creer que hay más gente a mi lado
que necesita querer ser humano. Sentir sus manos, que me sujeten, que me guíen, que tomen
la mía cuando estén perdidos y que luchen.
Piensen libres, necesito bolsillos vacíos de ambición donde meterme cuando sienta frío.
Alientos que me ericen la piel de esperanza. Saber que también lo escuchan y que no callen.
Necesito saber que se puede cambiar el mundo más allá de un escenario donde reivindicarlo.
Latido, justicia, latido, bomba, latido, odio, latido, no es aquí, yo sigo en mi cama, confortable,
y sueño, sueño la realidad de no ser culpable. Sueño que me levanto, que todo es mentira, que
ningún hijo de putero maneja los hilos, manipulación que nos hace permisivos ante sus actos.
Que no nos ensordece solo porque se repita, que no está perpetuado ni todo el “pescao”
vendido. Que no hay imágenes, una tras otra, una tras otra. Historia. Que no somos huesos
que se descuelgan de corazones congelados y cerebros noqueados de estupidez, que no
seguimos alimentando la máquina, que gira y gira, que oprime y nos revienta, en el norte, en el
sur, que no hay ninguna frontera delimitando la sonrisa que llevas clavada en la memoria, que
se puede respirar.
Despierto, latido, no es aquí, yo sigo en mi habitación, confortable. Latido, aquí no hay toque
de queda, recuerdo una pesadilla donde escupo y los culpables nadan, latido, me froto los
ojos, tengo café, de comercio justo, eso sí, ¡ja! Latido, dinero, latido, coltán, latido, el tiempo,
tiempo. ¿Qué hora es? Estás en occidente, ¿Te has dormido? Corre, llegas tarde, empujas,
subes, ríes, bajas, lees, cantas, teatro, lloras, pero no les olvides. Nos necesitan, nos
necesitamos, ¿Quiénes? Ellos, nosotros. Y queremos la paz
EL PESO DE LOS SUEÑOS
En el instante en que el vértigo vierte el cemento sobre tus pies es cuando saltas.
Y entonces vuelas. Y desde tan alto, no se ven las grietas. Al final van a quedar atrás, como
quedan todas, en la pared del pasado que el viento moldeará a su antojo. Entrar con aplomo
en el vuelo del presente hacia un futuro que no existe es el único modo de soportar el peso de
los sueños. No, no son ligeros. Que suerte ser de espalda ancha y brazo fuerte.
FRESAS DE FEBRERO
Los actores y las actrices somos niños encontrados. Perdidos en el mundo de los adultos.
Formamos parte de todas y cada una de sus barreras arquitectónicas. Emocionales y mentales.
De todas y cada una de sus contradicciones, bloqueos. De cada semáforo, de cada paso, de
cada norma. Soñamos con moldearlas, saltamos sin pértiga. Prisioneros por siempre jamás en
la constante lucha con ellas. El arte nos liberó, en algún momento nos liberó, y por eso ahora
lo buscamos a modo de salvación en la vida. El arte. ¿Qué es el arte? Y aquí mi prima Glenda
diría con voz divertida y unos ojos brillantes: El arte es morirte de frío.
Y yo me río. Mucho rato. Es tan humana, tan bella, que por un segundo consigue que me
pregunte, como si todo lo demás humano no existiera, si acaso no somos todos artistas.
En algún momento nos salvó. La imaginación lo hizo. Aún hoy lo hace. El arma más poderosa
del ser humano ganó una y mil batallas en las luchas de indios y vaqueros. Construyó la más
bonita y espaciosa de las fruterías en mi cocina transformando a mi abuela en la más diversa
variedad de clientas que adquirían y pagaban gustosas mis manzanas y mandarinas. Convirtió
mi sofá en el más veloz de los barcos, pero también el más expuesto a las tormentas claro,
emoción para tan magnos tripulantes que siempre llegaban secos y victoriosos a tierra. Y
cantar, cantar con la cuerda tan larga de la persiana. Danzar por toda la terraza bañada por la
luz del único testigo y admirador de tus peligrosas piruetas en la barandilla de un cuarto piso,
el sol.
Nos salvó de la vida entonces, de los gritos, de la oscuridad de la escalera, de las malas
palabras, de las caricias ausentes. De aburrirse, de crecer… Y de algún modo aún lo hace ahora.
Esta noche llueve en Madrid. Dudo y yo tenemos calor. Cuando el suelo es resbaladizo la
cabeza baila más ligera. La música y el barro deshacen la pereza de las botas. Un profesor de
teatro al que admiro ha repetido para no repetir hasta la saciedad en relación a la acción: “Lo
importante no es lo que haces, sino cómo lo haces” Qué suerte la primera vez que reaprendí el
valor de esa frase. No fue sentada en la grada, donde él lo repite para no repetirlo sabiendo
que no lo vas a entender. Fue jugando, fue en la cancha, sudando toda la mierda de la vida
hasta poder ver algo. Fue donde él sabe que en algún momento tu cuerpo se quedará sólo
frente al eco, juegas y lo entiendes. Esa puerta que creías sepultada se abre. Diez años más
tarde lo sigue repitiendo, para no repetirlo. La imaginación puesta en el cuerpo es tan parecida
a la felicidad que ojalá fuera permanente. Que suerte redescubrir una y otra vez el valor de esa
frase en el teatro, en la vida, a veces…
He cenado fresas. Ha sido un festín de Vikingas. Cada pepita saboreada un muslo de pollo
gigante y sabroso. Lo sé porque yo era la única comensal. Lo sé porque en cada mordisco he
visto al hueso tiritar asustado sabiendo que en cualquier momento sería el siguiente. Lo sé por
la satisfacción con la que me he chupado los dedos. Mientras hago la digestión pienso si no
serán probablemente las mejores fresas que he comido hasta ahora, pero yo pienso mucho.
También fumo mucho. Demasiado. Es que he comido muchas veces fresas. Con nata. Con
chocolate. Con amor, sin él. Con hambre, sin ella… Expulso el humo y realmente creo que hoy
he cenado las mejores fresas del mundo.
Me gusta salvarme. Sentir la libertad en cada barrote. Las jaulas abiertas que dan paso a otras
jaulas más grandes desde donde ansiar el cielo mantienen alerta mis alas. Entregarme a otros
niños encontrados y jugar hasta perdernos, me salva. Y voy a jugar, vaya que si voy a jugar, por
mí y por todos mis compañeros.
LA VALENTÍA DEL ALMENDRO
Y sí existe una vez en la que cerrarse dolió tanto que ya no vuelve a abrirse. Se puede vivir a cal
y canto. Claro que se puede. Anhelando llaves huecas. Cegados de orzuelos. Esperanzados.
Ingenuos. Se puede sacudir el polvo y dejarlo volver a llenar, solo. Acostumbrarse a los huesos
de uno, sin otro. Ansiando otra vida. La propia. Claro que se puede, morir respirando. En la
agonía sonreímos un instante. La valentía del Almendro no es cuestionable ni por el hielo.
LA LIGEREZA DEL ASFALTO
Cuando alzas la mirada y Casiopea ha vuelto, aunque estés en Madrid.
Cuando la dureza se ha hecho tan fuerte que sientes verdad en lo blando.
Cuando tus piernas caminan desnudas, el olor a noche agudiza tu mirada vestida.
Cuando la velocidad del silencio calla cualquier ruido externo al del aire. Late el alma.
Ningún cuaderno aguarda más con las hojas en blanco, todas se llenan de pájaros.
Cuando el asfalto es ligero. Suena un violín.
Qué bonito es Madrid…
GRIETAS
En el instante en que el vértigo vierte el cemento sobre tus pies es cuando saltas.
Y entonces vuelas. Y desde tan alto no se ven las grietas. Al final van a quedar atrás, como quedan todas, en la pared del pasado que el viento moldeará a su antojo.
Entrar con aplomo en el vuelo del presente hacia un futuro que no existe es el único modo de soportar el peso de los sueños.
No, no son ligeros.
Qué suerte ser de espalda ancha y brazo fuerte.
A VECES
Pájaros de veloces cuentas al sol de invierno. Vientos cálidos que no mueven las hojas, ni los ojos, ni sacuden el polvo, ni los deseos. Oscuro. Llega ella, fría, llena. Empieza de nuevo el principio del final. Brilla.
CANDADOS
A veces tu propio candado es tan fuerte que estalla.
Los pedazos de puertas reventadas no pueden engañar al tiempo.
Sin vuelta atrás sólo queda un cuerpo exhausto de contenerse a sí mismo
que camina vencedor ante una mente noqueada, aturdida. Vaya si camina.
Con la mirada fija en la nada, pero de frente. Libre. Sonriente.
Los pasos de la incertidumbre sí saben bailar para engañar al futuro.
El olor de las flores es más intenso que el de la mierda.
El rayo de sol que elige dar vida encuentra columpios hasta en la más oscura alcantarilla.
Vuela. Sin alas, ningún camino merece la pena.
Sin amor, tampoco. Qué suerte.
DEVORA CORAZONES
Devoramos corazones a la misma velocidad que consumimos carne. Cortamos la digestión.
Sabemos que podemos empujar más fuerte porque ya nos columpiamos antes. Más alto.
Vamos a aguantar al menos diez veces nuestro peso. Cuerpo.
Viento frío en la cara hasta que en los labios agrietados sólo este nuestro sabor.
Pilotos, navegantes, corredoras de fondo. Elocuentes somos.
Somos olvido. Hasta de los pájaros del mismo nido.
Y recuerdos en la orilla del río. Reflejos. De los espejos.
Los sueños. Espiguitas de ilusión somos.
Somos tanto amor que aún no sé por qué apagamos la luz.
Por qué nos encontramos en las sombras si allí no se ve nada.
Fugaces. Almas de huevo hilado. Huevos y gallinas somos, que al final es lo mismo…
Chasquidos de hojas secas pienso. Seguir bailando.
Con tanta jaula en libertad, con tanta llave sin puerta.
Pienso seguir cantando.
Lamiendo el oxígeno hasta con la cabeza metida en la arena.
Será porque no sé lo que es el desierto. Soy del veinte por ciento.
Del que consume carne a la velocidad que devora un corazón.
Del que quiere y sobre todo puede, seguir bailando.
Somos tanto amor, sólo eso.