Los actores y las actrices somos niños encontrados. Perdidos en el mundo de los adultos.
Formamos parte de todas y cada una de sus barreras arquitectónicas. Emocionales y mentales.
De todas y cada una de sus contradicciones, bloqueos. De cada semáforo, de cada paso, de
cada norma. Soñamos con moldearlas, saltamos sin pértiga. Prisioneros por siempre jamás en
la constante lucha con ellas. El arte nos liberó, en algún momento nos liberó, y por eso ahora
lo buscamos a modo de salvación en la vida. El arte. ¿Qué es el arte? Y aquí mi prima Glenda
diría con voz divertida y unos ojos brillantes: El arte es morirte de frío.

Y yo me río. Mucho rato. Es tan humana, tan bella, que por un segundo consigue que me
pregunte, como si todo lo demás humano no existiera, si acaso no somos todos artistas.
En algún momento nos salvó. La imaginación lo hizo. Aún hoy lo hace. El arma más poderosa
del ser humano ganó una y mil batallas en las luchas de indios y vaqueros. Construyó la más
bonita y espaciosa de las fruterías en mi cocina transformando a mi abuela en la más diversa
variedad de clientas que adquirían y pagaban gustosas mis manzanas y mandarinas. Convirtió
mi sofá en el más veloz de los barcos, pero también el más expuesto a las tormentas claro,
emoción para tan magnos tripulantes que siempre llegaban secos y victoriosos a tierra. Y
cantar, cantar con la cuerda tan larga de la persiana. Danzar por toda la terraza bañada por la
luz del único testigo y admirador de tus peligrosas piruetas en la barandilla de un cuarto piso,
el sol.

Nos salvó de la vida entonces, de los gritos, de la oscuridad de la escalera, de las malas
palabras, de las caricias ausentes. De aburrirse, de crecer… Y de algún modo aún lo hace ahora.
Esta noche llueve en Madrid. Dudo y yo tenemos calor. Cuando el suelo es resbaladizo la
cabeza baila más ligera. La música y el barro deshacen la pereza de las botas. Un profesor de
teatro al que admiro ha repetido para no repetir hasta la saciedad en relación a la acción: “Lo
importante no es lo que haces, sino cómo lo haces” Qué suerte la primera vez que reaprendí el
valor de esa frase. No fue sentada en la grada, donde él lo repite para no repetirlo sabiendo
que no lo vas a entender. Fue jugando, fue en la cancha, sudando toda la mierda de la vida
hasta poder ver algo. Fue donde él sabe que en algún momento tu cuerpo se quedará sólo
frente al eco, juegas y lo entiendes. Esa puerta que creías sepultada se abre. Diez años más
tarde lo sigue repitiendo, para no repetirlo. La imaginación puesta en el cuerpo es tan parecida
a la felicidad que ojalá fuera permanente. Que suerte redescubrir una y otra vez el valor de esa
frase en el teatro, en la vida, a veces…

He cenado fresas. Ha sido un festín de Vikingas. Cada pepita saboreada un muslo de pollo
gigante y sabroso. Lo sé porque yo era la única comensal. Lo sé porque en cada mordisco he
visto al hueso tiritar asustado sabiendo que en cualquier momento sería el siguiente. Lo sé por
la satisfacción con la que me he chupado los dedos. Mientras hago la digestión pienso si no
serán probablemente las mejores fresas que he comido hasta ahora, pero yo pienso mucho.
También fumo mucho. Demasiado. Es que he comido muchas veces fresas. Con nata. Con
chocolate. Con amor, sin él. Con hambre, sin ella… Expulso el humo y realmente creo que hoy
he cenado las mejores fresas del mundo.

Me gusta salvarme. Sentir la libertad en cada barrote. Las jaulas abiertas que dan paso a otras
jaulas más grandes desde donde ansiar el cielo mantienen alerta mis alas. Entregarme a otros
niños encontrados y jugar hasta perdernos, me salva. Y voy a jugar, vaya que si voy a jugar, por
mí y por todos mis compañeros.

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