A veces me canso. A veces lloro. Mucho, como ahora. Otras, me siento afortunada. De mi
época. Mucho. De mi lugar. Tanto. Otras sonrío porque sé de esa maravillosa y eterna fuerza
que llevamos dentro. Somos tan bellas. Somos tan bonitas todas… Tan poderosas. Otras me
frustro. Mucho. Como ahora. Se nos sigue pudiendo comprar. En pleno siglo XXI. En mi época.
En mi lugar. Hoy hombres de mi entorno en una comida cualquiera alardean en serio o en
broma de haber podido comprarnos en algún momento. Como si eso fuera algo de lo que
alardear. A veces no lo entiendo. Otras se dictan sentencias y lo entiendo todo… Nuestra
educación sexual nula en la infancia y basada en el mercado del porno en la adolescencia es la
que manda. La que impera en una mayoría borrega, machista. Cargadita de poder ignorante,
violento y patriarcal. ¿Para qué? ¿Para qué nos vamos a cuestionar nada? Si todo está bien
como está. Sí nuestras vidas siguen valiendo menos, aunque somos más de la mitad. Nuestros
cuerpos siguen sin ser de nuestra propiedad. Para la mayoría. Nuestra libertad no vale la pena
lucharla entre todos. ¿Para qué? Si se nos sigue pudiendo comprar. Juzgar, cuestionar,
menospreciar, torturar, explotar, humillar, golpear, violar… Matar. Y esos que alardean se
indignan de la manada. ¡Ja! Cómplices. Como si algo de eso tuviera que ver con el amor.
Qué tendrá eso que ver con hacer el amor.
Dos cuerpos. Tres, uno, cinco, los que sean. Gozándose, respirándose, deseándose,
escuchándose. Ritmos consentidos, decididos, respetándose en cada jadeo, en cada latido,
provocándose piel de gallina el uno al otro de todas las formas y maneras que se quieran
cuando se quiere. Mirándose o cubriéndose las espaldas. Sudar. Cabalgar libres. Seguras. Con
la misma persona, dos horas, tres días, con otra distinta, un rato, seis meses o toda la vida.
Porque se quiere, cuando se quiera. Hacer el amor es de lo mejor que tenemos en la vida…
Al parecer la mayoría no tiene ni puta idea de lo que es. Y nos llevamos la peor parte.
Nosotras. Y no hay que revisar nada. Ni en las familias, ni en las instituciones, ni en las leyes.
Ni cuando camino por la calle con o sin sujetador, con o sin depilación, larga o corta y tengo
que hacerlo incómoda. Nada. En mi época. En mi lugar.
¿Para qué? Sí soy afortunada. A veces me canso. A veces lloro, siento tanta rabia que sólo
puedo vomitar a una evolución tan lenta. Que quede tanto por hacer. Que no despertemos
como la verdadera manada de seres humanos que ya deberían saber hacer el amor. Y que
mientras eso llega, nosotras, tan poderosas, tan dignas, tan fuertes, tan capaces de resucitar
una y mil veces en nuestra debilidad, en nuestro imprescindible equilibrio en este planeta
desequilibrado, sigamos llevándonos la peor parte. Teniendo que gritar. Explicar. Ignorar.
Sonreír. Resignar. Perder. Incluso la vida. Como si no estuviéramos perdiendo todos. Me
repongo. En mi época. En mi lugar. Me levanto. Ignoro. Sonrío. Hago como que tiro la toalla
pero en realidad la estoy enrollando para golpear donde sirva. Conciencia. A veces por mucho
que me sigan negando hasta al nombrarme y me llamen pesada, yo sigo gritando. Por dentro y
por fuera. Hasta que deje de ser necesario porque bastará con que mi voz hable en calma para
ser escuchada. Y cada vez más voces gritan conmigo. Lo han hecho siempre. Y no se cansan.
Hasta que cambie. Justicia. Por todas la que se han ido sin ni siquiera saber lo que era. Por las
que están y aún no lo saben. Porque tampoco he sabido. Contra los culpables que sepultan la
libertad que nos pertenece. Con la minoría que sabe. Porque en el futuro, nos merecemos que
todas podamos y todos sepamos, lo que es hacer el amor.