Nueve moscas bailan en mi cuarto y su zumbido pide frío. Agitan sus frágiles alas a la velocidad
del silencio contra la lentitud del calor que aturde. Sobrevuelan los volantes y lunares que ya
fueron, pero no se van. Giran. Nueve moscas bailan en mi cuarto y la mierda está fuera. Sonrío.
Cuando la balanza se desequilibra, es cuando mejor haces el pino. Pienso. El instinto nunca
pierde. La experiencia menos. Los dientes que se muerden el labio lo saben. El brillo de los
charcos también. Esto no es más que un cuarto. Que ya fue y será. Con nueve moscas
bailando. Siendo águila quién quiere moscas. Azul. Sonrío dos. La luz la tengo yo. Humo. A
veces eructo. Alguien dice: Esta también soy yo. Y la mantengo. En verano y en invierno. El
nueve ha sido suficiente. Mente. Solo queda uno. Agitada. No hace falta veneno. Sólo
inteligencia. Quieta. Bailo con ellas. Demasiado ligeras para zumbar con tanto peso. Insectos. A
veces necesitan hacer mucho ruido para parecer más grandes. Otras estar muy callados para
que parezca que no están. ¿Sabrán que son solo un crujido? Se van. Las nueve. Sonrío tres. Fin.

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