Las alas son eso. Aire denso entre los dedos. Un baile de ojos helados y muñecas ardientes.
Humo en una sola dirección, la que mi piel recorre ligera cuando pesa. Cuerdas soltando puños
incapaces de entrelazarse. Se abren, vuelan. Un martillo, tres golpes, la cortina, cuatro
puñados de arroz. Pero mis manos son grandes. Pero también mi hambre. Pero no puedo
hablar sólo de la música. ¿Alguna otra pregunta? Inocente. Sí juez, inocente amante del violín.
Otro golpe. Olvidas la acusación y recuerdas. La pusiste sola, la cortina.
Como todo lo que permanece. Cambia.
Tu libertad, sabiéndose efímera sonríe jugando a ser eterna.
¿Más sal? No. Laurel. Danza. Danza la mañana en una intensa caricia contigo misma. Todo el
cuerpo late al compás de los placenteros cambios de temperatura. Se estira. Se encoje.
Tumbado. De pie. Movimientos posibles envuelven el tacto a mi antojo. Respiran. Sutiles.
Bruscos. Intactos. Las alas son eso. Manos arañando sueños. Los míos. Un texto. Salen a
carcajadas del armario para ser uno. ¿Bailas? Sí. ¿Eres tú? Claro que soy yo. Y me dejo agarrar
los brazos, la cintura, el pelo, la sangre, gira. Me huelo. De nuevo se ve el escenario. Llenas los
pulmones. Sacudes el barro. El ritmo cardíaco ensordece la vista del próximo juicio.
Las alas son eso. Que se te hielen los ojos y te arda el alma.
La tuya. Contigo. Baila. Danza. Confía. Las alas, son eso.