Anochece. Un ensordecedor silencio da paso al placentero sudor frío que aliviana tus pasos
centígrados. Sonríes al recordar que has pedaleado hacía un límite inexistente. Los horizontes
infinitos de un mundo redondo. A tu casa, a eso huele cada flor, la amarilla, la roja, a tu pelo.
Todo se respira, despacio, sin prisa. Todo el llanto. Toda la risa.
Violinistas temerosos guardan veloces su instrumento en el agujero de arena del que luego
saldrán a desafiarte bailando claqué. Las hojas se alborotan, se entusiasman, danzan ante la
llegada de la tormenta. Y todo se respira. La calma. La piel. Todo. Se respira, se te antoje en
agua o en leche. Sin sed. Una luz camina, se aleja. Verde. Se apaga. Caminas.
Ausentes constelaciones de un recuerdo te guían y el desconcierto sonríe. Hasta el pájaro que
canta a destiempo es inmutable a tu existencia. Todo se respira. La vida. Hasta la muerte ves
llegar en barca, blanca, cómo si no pesaran las tres cintas negras. Frágil. Flotas.
Imponentes troncos te muestran casi burlones la posibilidad constante de metamorfosis.
Raíces. Te apresuras a tocarlas, quieres moldear efímeras figuras entre los dedos. Te aferras.
Ante tus ojos se posan dos alas azules, gigantes, juguetean a que sigas su marcha con la
mirada. Y te sueltas. Todo se respira, guanábana, te meces. Todo amanece… Despierta.